• 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
  • 11
  • 12
  • 13

Cocrear con Dios, Hacia la Síntesis, La Humanidad

El plan según se percibe en la actualidad y para el cual trabajan regularmente los Maestros, puede definirse así: Es la producción de una síntesis subjetiva en la humanidad y de un intercambio telepático que aniquilará, finalmente, el tiempo. Hará asequible a cada ser humano todas las realizaciones y todos los conocimientos del pasado, le revelará el verdadero significado de su mente y de su cerebro, le convertirá en dueño de todo ese equipo, haciéndole, por tanto, omnipresente y, finalmente, abriéndole la puerta a la omnisciencia. (Tratado sobre Magia Blanca, p. 403 – ed. inglesa)

La realidad del reino de Dios y de la Jerarquía planetaria constituye el aspecto más importante de la unicidad básica que subyace en las formas y sobre el que los trabajadores deben poner inmediatamente el énfasis. Los ciudadanos de ese reino y los miembros de esa Jerarquía son extraídos de todos los países, de todos los partidos políticos, de todos los grupos sociales, de todos los cultos o sectas religiosas, de todas las organizaciones –sin tener en cuenta sus objetivos– y la universalidad de los campos de donde surge esa gente demuestra su unidad subyacente. Cuando dicha unidad asuma una adecuada proporción ante los ojos del género humano, sobrevendrá una verdadera síntesis...

 Se hace un llamado... para ver al Cristo como Él es, pues (como reza en El Nuevo Testamento) “así como Él es, deberíamos ser nosotros en el mundo”. Se llama a

 

los discípulos e iniciados para revelar al mundo la formación en grupos de todos los trabajadores espirituales, la naturaleza de la conciencia crística que desconoce las separaciones, que

reconoce como Hijos de Dios en proceso de expresarse a los hombres de todas partes. Todo

esto es muy deseable, debido a la necesidad de poner énfasis sobre la total inclusión del

acercamiento de la divinidad a la humanidad. Estos discípulos e iniciados activos consideran

que todos son uno en esencia, que son hermanos... y dicen a los hombres de todas partes:

 

“Somos Hijos de Dios, todos somos igualmente divinos, todos estamos encaminados hacia la

revelación de la divinidad en el plano físico de la existencia; lo importante es lo que

revelamos, lo que nos es revelado es menos importante, aunque ocupa su debido lugar en el

proceso de entrenamiento y de perfeccionamiento”.

(Los Rayos y las Iniciaciones, p. 250-251)

 

Ha llegado ya el momento de reaccionar contra un prejuicio hondamente arraigado en

nuestros espíritus: el que nos inclina a oponer entre sí, como contradictorios, pluralidad y

unidad, elemento y todo, individualidad y colectividad. Razonamos constantemente como si

los términos de cada una de estas parejas variaran en razón inversa la una con respecto a la

otra, perdiendo ipso facto la una lo que gana la otra. De ahí la idea tan extendida de que, bajo

todas sus formas, un destino de tipo “monista” exigiría el sacrificio y prepararía la ruina de

los valores personales del Universo.

 

En el origen de este prejuicio, sobre todo imaginativo, hay que estudiar sin duda la

desagradable impresión de pérdida y de violencia que experimenta nuestro individuo cuando

se halla apresado en un grupo, o perdido entre una masa. Es exacto que la aglomeración

ahoga y neutraliza los elementos que engloba. Mas, ¿por qué buscar un modelo de

colectividad en lo que no es más que un conglomerado, un “montón”? Junto o -más exacto opuestamente a estas agrupaciones masivas, inorgánicas, en la que los elementos se

confunden y se ahogan, la naturaleza se revela plena de asociaciones construidas, regidas

orgánicamente por una ley precisamente inversa. En el caso de semejantes unidades (¡las

únicas unidades verdaderas y naturales!), el acercamiento de los elementos no tiende a anular

las diferencias. Por el contrario, las exalta. En todos los campos experimentales, la unión

verdadera (es decir, la síntesis) no confunde, diferencia.

(Teilhard de Chardin, “El Porvenir del Hombre”, p. 70-71)

 

Las ingentes perturbaciones sociales que hoy agitan al mundo significan que la

Humanidad, al parecer, ha alcanzado por su parte la edad en la que toda especie, por

necesidad biológica, ha de pasar por una coordinación de sus elementos. La Humanidad

parece que en nosotros se aproxima a su punto crítico de socialización. (Ibid., p. 56)

 

No avanzaremos más que unificándonos: tal es... la ley de la vida. Ahora bien, la

unificación de coerción no hace que aparezca más que una pseudo-unidad de superficie.

 

Puede montar un mecanismo, pero no realiza ninguna síntesis de fondo; y, por consiguiente,

no engendra ningún acrecentamiento de conciencia. En realidad, materializa en vez de

espiritualizar. Tan sólo la unificación por unanimidad es biológica. Sólo ella realiza el

prodigio de hacer que salga más personalidad de las fuerzas de colectividad. Sólo ella

representa la prolongación auténtica de la psicogénesis de que hemos salido. Por tanto,

hemos de reunirnos por dentro, en plena libertad. (Ibid., p. 95-96)

 

Cuanto más considero el problema fundamental del porvenir de la Tierra, más me

parece descubrir que el principio generador de su unificación no ha de buscarse, al cabo, ni

en la sola contemplación de una misma verdad, ni en el solo deseo suscitado por algo, sino

en la común atracción ejercida por un mismo Alguien. Pues, por una parte, si la síntesis del

espíritu debe ser realizada en su plenitud (en lo que se basa la única definición posible del

progreso), eso sólo puede hacerse, al fin de cuentas, a través del encuentro centro a centro de

las unidades humanas, tal como puede realizarlo un amor mutuo común. Por otra parte, sólo

existe, para cada elemento humano –tan diverso por naturaleza-, una manera posible de

amarse los unos a los otros, como es el saber que están todos centrados en un punto común o

supercentro único, al que no pueden llegar, cada uno con lo mejor de sí mismo, más que a

través de la unidad con los otros elementos humanos.

 

“Amaos los unos a los otros, reconociendo en el fondo de cada uno de vosotros al

mismo Dios naciente”. Estas palabras, pronunciadas por primera vez hace dos mil años,

tienden a revelarse hoy como la ley estructural esencial de lo que llamamos Progreso y

Evolución; entran en el campo científico de las energías cósmicas y de sus leyes necesarias.

(Ibid., p. 97)

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar

Reproductor Música

Casino Bonus at bet365 uk