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CAUSAS DE ENFERMEDADES QUE SE INICIAN EN EL CUERPO ETÉRICO, I

Sería prudente recordar que no voy a tratar aquí esas causas que, produciendo efectos en el cuerpo físico, se inician en la mente o en el cuerpo astral. Necesariamente pasan a través del cuerpo etérico. El cuerpo etérico es un transmisor de todas las energías al cuerpo físico, y todo tipo de fuerza pasa a través de él y va a dis­tintas partes de la forma física, produciendo resultados buenos y malos, negativos o positivos, según el caso. Este es un hecho acep­tado. Considero aquí las enfermedades, los problemas y las dificultades físicas que surgen del cuerpo etérico mismo y se manifiestan en relación con el cuerpo físico. Esto es muy común y usual. Es esencial que se mantengan estas dos líneas de fuerza-actividad claramente diferenciadas en la mente. Ambas pasan a través del cuerpo etérico o provienen de éste, yendo al cuerpo físico, pero sólo una de ellas se origina en las dificultades que tienen origen etérico o que concierne a ellas.

 

El cuerpo etérico está compuesto totalmente de líneas de fuerza y de puntos donde esas líneas se cruzan, formando al cruzarse cen­tros de energía. Donde tales líneas de fuerza se entrecruzan, tene­mos un mayor centro de energía, y donde grandes corrientes de energía se encuentran y cruzan como lo hacen en la cabeza y a lo largo de la columna vertebral, tenemos siete centros principales. Hay siete como éstos, además de veintiún centros menores y cua­renta y nueve centros más pequeños, conocidos por los esoteristas. Sin embargo, nos limitaremos esta vez a todo el cuerpo etérico y a los siete centros principales. Quizás les interese saber dónde se hallan los veintiún centros menores, y pueden ser localizados en los siguientes lugares:

 

Dos de ellos delante de los oídos, donde se unen los huesos de la mandíbula.

Otros dos están exactamente encima de los dos senos.

Uno donde se unen los huesos pectorales, cerca de la glán­dula tiroides. Éste, conjuntamente con los centros de los senos, forma un triángulo de fuerza.

Uno en cada palma de las manos.

Uno en cada planta de los pies.

Uno detrás de cada ojo.

Dos también conectados a las gónadas.

Uno cerca del hígado.

Uno vinculado al estómago, por lo tanto relacionado con el plexo solar, pero no es similar a éste.

Dos vinculados al bazo. Éstos forman en realidad un centro, formado por los dos superpuestos.

Uno detrás de cada rodilla.

Un poderoso centro está estrechamente relacionado con el nervio vago. Este es muy potente y está considerado por algunas escuelas de ocultismo como un centro mayor; no se halla en la columna vertebral, sino cerca de la glándula timo.

Otro cerca del plexo solar, y relaciona a éste con el centro en la base de la columna vertebral, formando así un triángulo con el centro sacro, el centro plexo solar y el de la base de la co­lumna vertebral:

 

Los dos triángulos referidos en esta clasificación son de real im­portancia. Uno está arriba y el otro abajo del diafragma.

Lógicamente se evidencia que cuando hay libre afluencia de fuerza a través del cuerpo etérico al físico denso, habrá menor po­sibilidad de enfermedad o dolencia. Sin embargo puede acrecen­tarse la tendencia a las dificultades debido a la sobrestimulación y a la consiguiente hiperactividad del sistema nervioso, con todos sus problemas. Estas fuerzas que tratan de entrar en el vehículo denso son emanaciones provenientes de tres direcciones (si puedo usar tal término):

  1. De los vehículos de la personalidad: los cuerpos astral y men­tal.

  2. Del alma, si se ha establecido contacto, reconocido o no.

  3. Del mundo circundante, para el cual los vehículos del alma y de la personalidad han servido de “puertas de entrada”. Inci­dentalmente, en conexión con esta última frase, deseo llamar la atención sobre una posible relación entre esas “puertas de en­trada” y la frase “portal de iniciación”

     

    En el caso donde estos centros, a través de los cuales afluye la energía proveniente de esas fuentes de reserva, están pasivos, ale­targados o sólo funcionando parcial o muy lentamente (en lo que concierne a su ritmo vibratorio) entonces se producirá una condi­ción de bloqueo. Esto congestiona el vehículo etérico con las consiguiente y subsiguiente dificultades en el funcionamiento del cuerpo físico. Una de las más comunes es la congestión de los pulmones que -aunque tal vez exotéricamente puede achacarse a ciertas y definidas causas físicas- en realidad se debe a esas cau­sas, además de una condición interna de congestión etérica. La conjunción, de la aparente causa externa y la verdadera causa interna, es responsable de la irrupción de la dificultad. Cuando ambas condiciones entran en conjunción y existe un impedimento físico y una indeseable condición etérica, entonces tendremos en­fermedad, males o debilidad de cualquier clase. Cada congestión externa siempre puede atribuirse a estas dos causas, una interna y otro externa. En estos casos, la causa externa no es un efecto de la causa individual interna, lo cual es muy interesante. No obs­tante se observará que las enfermedades no son puramente subjetivas o de origen sicológico en lo que concierne al individuo, sino que a veces son ambas, exotéricas y esotéricas. De allí la comple­jidad del problema.

     

    Lo antedicho presenta la cuestión de la actividad que desarro­llan los siete centros de fuerza en el cuerpo etérico. Éstos pueden ser considerados como dormidos o aletargados, despertándose pero no obstante perezosamente vivos, o funcionando normalmente, lo cual significa que algunas de las energías que producen la forma del centro se mueven rítmicamente, siendo los centros por lo tanto receptivos a la afluencia, mientras otros están inactivos e insen­sibles. Otros centros estarán enteramente activos y por lo tanto atraerán predominantemente cualquier fuerza afluyente, y aún otros lo estarán parcialmente. En la mayoría de la gente, los cen­tros ubicados abajo del diafragma están más activos que los que se hallan arriba del diafragma (me refiero aquí a los siete centros mayores y no a los veintiún menores). En los aspirantes están acti­vos los centros debajo del diafragma y los centros cardíaco y laríngeo van lentamente entrando en actividad, mientras en el caso de los discípulos, el centro ajna, más esos centros del cuerpo que se hallan debajo del mismo, van rápidamente despertando. En el iniciado el centro coronario está entrando en actividad vibrante, llevando a todos los centros a un ritmo real y coordinado. Cada paciente o ser humano, según el rayo o que pertenece, responde en forma diferente; el factor tiempo también difiere; el canon de desarrollo varía y la respuesta a las afluyentes fuerzas es ligera­mente diferente.

     

    Todo esto lo consideraremos con debido cuidado cuando trate­mos el Capítulo IX, que concierne a los siete modos de curación. Simplemente lo menciono para sentar las bases de lo que se ha de considerar más tarde, y demostrará que todo el tema de la relación existente entre el cuerpo etérico y el físico está vinculado al pro­blema de la curación. Se evidencia así cuán importante es -antes de que pueda tener lugar la verdadera curación- que el curador conozca la etapa de evolución alcanzada por el paciente, debiendo también conocer el tipo de su rayo, tanto el de la personalidad como el egoico. Si a esto se le agrega algún conocimiento de sus inclinaciones e indicaciones astrológicas, se podrá llegar a un diag­nóstico más exacto.

     

    La clave de toda liberación (ya sea por la cura física de la enfermedad o por la muerte) reside en la comprensión de la condi­ción de los centros en el cuerpo etérico. Éstos determinan el grado de actividad corporal vibratoria y la respuesta general del cuerpo físico. Condicionan también exactamente la actividad de la naturaleza instintiva y su relación con el plano externo de la vida y la “plenitud’’ y salud general del sistema nerviosa simpático. (17/63-66)

     

     

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