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No escribo fundametalmente para los actuales Discípulos sino para los futuros

No escribo fundamentalmen­te para ustedes, sino para sentar las bases del trabajo grupal que deberá realizarse en el mundo en los años venideros. Lo que expondré debe ser leído detenidamente, porque la palabra escrita quizá contiene varios significados que pueden ser presentidos de acuerdo a la intuición -despierta o no- del aspirante.

Yo, vuestro Hermano Tibetano, parto de la suposición de que cada uno de mis discípulos pondrá de su parte, por lo menos, algo esencial y básico, es decir, un ansia perseverante que nada de­tendrá. Cada uno inicia su trabajo con ciertas características fun­damentales: cada uno comienza esta definida empresa de entrenamiento para la iniciación con ciertos defectos, que actúan como impedimentos y obstáculos; cada uno ha sido reconocido por su luz y sus potencialidades, con las cuales forzosamente debe hacer todo lo que puede. Por lo tanto, observarán el difícil problema que enfrentan Quienes guían la evolución del mundo y buscan a aquellos que pueden ayudarles en Su trabajo.

Les impartiré enseñanza. Si se benefician o no con ella es asun­to de ustedes, algo que los discípulos de la nueva era deben apren­der. No existe tal cosa como la obediencia oculta que enseñan generalmente las actuales escuelas de ocultismo.

 

Antiguamente, en Oriente, el Maestro exigía de Sus discípulos esa obediencia implícita que, en la práctica, hacía al Maestro responsable y cargaba sobre Sus hombros el destino o karma del discípulo. Tal condición no existe. El factor intelectual del individuo está hoy demasiado desarrollado para justificarlo, razón por la cual no rige. En la futura nueva era, el Maestro será responsable de ofrecer la opo­rtunidad y la correcta enunciación de la verdad, pero nada más. En estos días de mayor iluminación, el Instructor no asume la misma posición que en el pasado, y yo tampoco.

 

Hablaré con franqueza. Conozco a mis discípulos, pues ninguno es recibido ni aceptado en mi Ashrama si el Instructor no ha hecho un profundo análisis de ellos. Transmitiré por medio de insinuaciones y sím­bolos lo que debe captarse, que será observado y comprendido por algunos de mis discípulos que han despertado el oído Interno y poseen un corazón realmente humilde. Si no reconocen esto, el tiempo seguirá su marcha y finalmente les llegará la revelación. Por lo tanto, no exijo ciega obediencia. Sin embargo, si se aceptan mis consejos y sugerencias y deciden, por propio y libre albedrío, seguir mis instrucciones, tendrán que hacerlo con exactitud. Tam­poco deben esperar constantemente resultados y fenómenos, que han entorpecido siempre el curso y el progreso de tantos seudo-discípulos.

 

Esto constituye también para mí un experimento, pues los que somos miembros, de cierto grado de la Jerarquía, estamos lógica­mente cambiando los antiguos procedimientos y adaptando los viejos métodos a las nuevas circunstancias y al progreso de la evolución. Muchos probados discípulos y aspirantes (quizá debie­ra decir “cansados”, hermanos míos, pues supongo que ambas palabras son veraces) serán sometidos a experimentos, lo que im­plicará la aplicación de las antiguas reglas, con procedimientos modernos. En la antigüedad los discípulos eran producto de épocas más pacíficas. La sustancia metal o “chitta” (como la denominó Patanjali en su famoso Libro de las Reglas), no estaba muy desarrollada, tampoco matizada por ideas, ni potencialmente ilumi­nada. Hoy, el conocimiento está muy difundido y muchas per­sonas ya piensan por sí mismas. El material para el discipulado, que deben emplear los Maestros y el tipo de personas que deben ser desarrolladas y conducidas hacia la Iluminación, es de grado y calidad superior, si se me permite emplear un término tan in­adecuado. Por otra parte, el experimento de cambiar métodos y de complementar la nueva técnica del trabajo grupal, debe llevarse a cabo análogamente en medio de la presión y la tensión de la civilización occidental. Esto impone un indebido esfuerzo a quie­nes fueron elegidos para participar en esta tarea, pero si es posi­ble continuar y tener éxito, se templará el material para que adquiera un grado más refinado de poder. Como se dijo, la selva occidental es distinta de la selva oriental; demanda paz en medio del tumulto; fuerza en la fatiga; persistencia a pesar de la mala salud, y comprensión a pesar del clamor de la vida occidental. Por lo tanto, el progreso continúa en medio de las condiciones existente y no por ellas. Los discípulos a los cuales voy a instruir no podrán apartarse del mundo. No existe estado de paz física y de tranquilidad donde pueda invocarse al alma y realizar

 

 

un trabajo de poderosos resultados, como en la quietud del silencio yen el descanso de lo que el hindú denomina “samadhi” -el total desapego de las demandas del cuerpo y las emociones. El trabajo debe ir adelante en medio del espejismo. Se debe hallar el lugar de paz en medio del desorden; adquirir sabiduría en medio del tumulto intelectual y colaborar con la Jerarquía en el aspecto in­terno de la vida, circundados por el ensordecedor ruido de la vida moderna en las grandes ciudades. Tal es el problema de ustedes y el mío al tratar de ayudarles.

 

En lo que a mí respecta tengo también el problema del exce­sivo desgaste de fuerza, cuando a intervalos intento llegar a uste­des y estudiarles. Además, tengo la tarea de leer a larga distancia en sus mentes, ver su luz y vitalizar sus auras. Hasta ahora los Instructores orientales no tuvieron ese problema, excepto en muy raros casos. Los que ahora trabajan en el mundo moderno regidos por los Maestros de Sabiduría, durante una encarnación o en anteriores, han pasado por un proceso preliminar de sintoniza­ción y entrenamiento, para poder ser receptivos. Por lo tanto, recuerden que tengo también un problema que estoy dispuesto a resolver en bien del mundo necesitado, como contribución mía a la aceleración del advenimiento de la nueva y más fructífera era. En consecuencia, debemos ayudarnos mutuamente en nues­tros esfuerzos.

 

No prometo resultados rápidos y tampoco me comprometo a proporcionar desarrollos espectaculares. Los resultados dependen totalmente de ustedes, y éstos dependen de su paciencia, de la exactitud de los detalles, de la disciplina que estén dispuestos a imponer a sus vidas y del olvido de sí mismos. Quisiera pedirles que no se preocupen por los resultados y que trabajen sin apego, puesto que no saben con exactitud las metas que he fijado para ustedes; también quisiera que abandonen el constante autoanálisis, característica sobresaliente del místico occidental introspectivo, aunque ambicioso... Por lo tanto, ¿qué posición adopto? La po­sición de quien, perteneciendo a un gran grupo de discípulos -desde el aspirante más humilde hasta el más elevado Miembro de la Jerarquía, vincula a la humanidad con el reino espiritual- puede enseñarles las antiguas reglas y hacerles sugerencias para que recorran más rápidamente el sendero y sean de mayor utilidad a sus semejantes. En esto no hay la más leve insinuación de una afirmación autoritaria de parte de un miembro de la Jerarquía que debe ser obedecido y cuya palabra es infalible. Recuerden esto, de lo contrario no es posible trabajar, pues entrarían elementos de peligro, y el actual esfuerzo quedaría en la nada. Mi anonimato

 

se ha mantenido siempre y así continuará, aunque los miembros de este grupo de discípulos saben quien soy. Me conocen por lo que soy. Me conocen como Instructor, como discí­pulo tibetano e iniciado de cierto grado -el grado no tiene impor­tancia para ustedes. Lo que tiene importancia es la enseñanza que daré. Soy un iniciado en los misterios del ser. Esta afirmación imparte por sí misma información a quienes tienen conocimiento. Saben también que tengo cuerpo humano y resido en el norte de la India. Que esto sea suficiente y no permitan que la curiosidad les haga perder de vista la enseñanza.

 

Estamos juntos en una empresa espiritual. Todos volunta­riamente y sin ser presionados han declarado estar dispuestos a ir adelante hacia una vida espiritual más intensa. Esto deben hacerlo por propia libertad de sus almas y por el poder de sus propios intelectos. Seguirán las instrucciones que les parezcan razonables y correctas, pero cuando decidan seguirlas, deben procurar cumplir con exactitud mis requisitos. Analizarán y con­siderarán los requisitos que de vez en cuando les impartiré, y no acepten ni crean en su inspiración verbal porque vienen de mí. El lenguaje siempre entorpece y limita. La salud y las circuns­tancias les servirá de guía en su trabajo, pero recuerden siempre que para llegar a ser Maestro se debe alcanzar la maestría, no la obediencia a determinada persona. Deberán tener en cuenta que yo, su Instructor, no soy siempre consciente de su situación física o de las acciones diarias. No me ocupo de los asuntos de la personalidad; los aspirantes desorientados que afirman que los Maestros les dicen lo que deben hacer y les guían en sus asuntos personales, están aún muy lejos del grado del discipulado acep­tado. Recuerden que la luz brillará en la mente autocontrolada, libre del predominio mental de otra mente. Con estas prevencio­nes claramente comprendidas, pasaremos a enunciar ciertos prin­cipios y a considerar lo que es posible realizar:

 

Primero, debe recordarse siempre que el nuevo discipulado es primordialmente un experimento en trabajo grupal y que el per­feccionamiento individual del discípulo no es su objetivo principal. Considero esta afirmación como básica y esencial. Los individuos están destinados a suplementarse y complementarse mutua­mente, y el grupo deberá oportunamente constituir un conjunto de cualidades, capaz de expresarse útil y espiritualmente, a través del cual pueda afluir energía espiritual para ayudar a la humanidad. La tarea deberá realizarse en el plano mental. La esfera de servicio de cada discípulo individual es la misma de antes, pero a los diferentes campos del esfuerzo individual se agregará actividad y vida grupales, que serán más perceptibles a

 

medida que transcurra el tiempo. Por lo tanto, el primer objetivo es fu­sionar y unificar el grupo, de modo que cada miembro pueda trabajar en íntima relación mental y en colaboración espiritual con los demás. Esto inevitablemente llevará tiempo, y el éxito de la Jerarquía en este nuevo esfuerzo dependerá de una actitud sensata y de una afluencia del espíritu de amor, por parte de           cada miembro del grupo. Esto será relativamente fácil para al­gunos discípulos, pero muy difícil para otros. Muchos individuos de gran cultura desarrollaron excesivamente la mente analítica. Sin embargo, a medida que trascurra el tiempo y se haga un verdadero esfuerzo, el proceso de unificación progresará gran­demente. En consecuencia, éste es nuestro primer esfuerzo, y también el esfuerzo del grupo de cada Maestro y la realización de la Jerarquía Misma, la unidad grupal. (5/20-24)

 

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