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EL LOGOS PLANETARIO ENCARNÓ FISICAMENTE EN LA FORMA DE SANAT KUMARA Y LLEGO CON UN GRUPO DE OTRAS ENTIDADES ALTAMENTE EVOLUCIONADAS (SEM. DEL 2 AL 16 DICIEMBRE 2017)

El Logos planetario del esquema terrestre, uno de los Siete Espíritus ante el Trono, encarnó físicamente y en la forma de Sanat Kumara, el Anciano de los Días y Señor del Mun­do, descendió a este planeta físico denso permaneciendo desde entonces con nosotros. Debido a la máxima pureza de su natura­leza, y al hecho que desde el ángulo de la humanidad está exento de pecado y, por lo tanto, es incapaz de responder a nada en el plano físico, no pudo adoptar un cuerpo físico denso como el nues­tro, y debe actuar en Su cuerpo etérico. Es el más grande de los Avatares o “de los Venideros”, porque es un reflejo directo de la Gran Entidad que vive, respira y actúa a través de todas las evo­luciones de este planeta, manteniendo todo dentro de Su aura o esfera magnética de influencia. En Él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser, y nadie puede ir más allá del radio de Su aura. Es el Gran Sacrificio, que abandonó la gloria de los eleva­dos lugares, y en bien de los hijos de los evolucionantes hombres tomó Él Mismo forma física, y fue hecho a semejanza del hombre. Es el Observador Silencioso, en lo que a nuestra humanidad con­cierne, aunque literalmente, el Logos planetario Mismo, en los niveles superiores de conciencia en que actúa, es el verdadero Observador Silencioso en cuanto al esquema planetario se refiere. Podría decirse que el Señor del Mundo, el Iniciador Uno, ocupa el mismo lugar, en conexión con el Logos planetario, que la mani­festación física de un Maestro en relación con la mónada de ese Maestro en el plano monádico. En ambos casos se ha reempla­zado el estado intermedio de conciencia, la del ego o yo superior, y lo que vemos y conocemos es la directa manifestación autocreada del espíritu puro. He aquí el sacrificio. Debe recordarse que, en el caso de Sanat Kumara hay una enorme diferencia de grado, pues Su etapa de evolución es más avanzada que la de un adepto, tal como lo es el adepto en relación con el hombre animal. Esto se ampliará en el siguiente capítulo.

Juntamente con el Anciano de los Días vino un grupo de otras Entidades altamente evolucionadas, que representan a Su propio grupo kármico individual y a Aquellos Seres que son el resultado de la triple naturaleza del Logos planetario. Podría de­cirse que personifican las fuerzas que emanan de los centros coro­nario, cardíaco y laríngeo. Llegaron con Sanat Kumara a fin de constituir puntos focales de fuerza planetaria y ayudar en el gran plan para el desarrollo autoconsciente de toda vida. Sus lugares han sido ocupados gradualmente por los hijos de los hombres, a medida que se han capacitado para ello, aunque son muy pocos hasta ahora en nuestra inmediata humanidad terrestre. Los que forman el grupo interno que rodean al Señor del Mundo, fueron extraídos principalmente de las filas de quienes eran iniciados en la cadena lunar (el ciclo de evolución que precedió al nuestro), o entraron en ciertas corrientes de energía solar, determinadas astrológicamente desde otros sistemas planetarios; aunque el nú­mero de los que triunfan en nuestra humanidad aumenta rápida­mente y desempeñan los cargos subalternos del grupo esotérico central de Seis, que, con el Señor del Mundo, constituyen el cora­zón del esfuerzo jerárquico.

 

El efecto inmediato.

El resultado de Su advenimiento, hace millones de años, fue grandioso, y aún se notan sus efectos, que pueden ser enumerados de la manera siguiente: Al Logos planetario, en Su propio plano, se le permitió adoptar un método más directo, a fin de lograr los resultados que Él deseaba para desarrollar Su plan. Como es bien sabido, el esquema planetario, con su globo denso y sus sutiles globos internos, es para el Logos planetario lo que el cuerpo físico y sus cuerpos sutiles son para el hombre. De ahí que, como ilus­tración, puede decirse que la encarnación de Sanat Kumara fue un hecho análogo al firme control autoconsciente que el ego de un ser humano ejerce sobre sus vehículos, al lograrse la necesaria etapa de evolución. Se ha dicho que en la cabeza de todo hombre hay siete centros de fuerza vinculados con los otros centros del cuerpo, a través de los cuales la fuerza del ego se difunde y circu­la, desarrollando así el plan. Sanat Kumara, juntamente con los otros seis Kumaras, mantiene una posición similar. Éstos siete principales constituyen para Él lo que los siete centros de la cabeza para el conjunto corporal. Son los agentes directrices y trans­misores de energía, fuerza, propósito y voluntad del Logos plane­tario, en Su propio plano. Este centro coronario planetario actúa directamente a través de los centros cardíaco y laríngeo y, por lo tanto, controla los centros restantes. Esto es una especie de ilus­tración y el intento de demostrar la relación de la Jerarquía con su fuente planetaria, así como también la estrecha analogía entre el método de la actuación de un Logos planetario y el hombre, el microcosmos.

El tercer reino de la naturaleza, el reino animal, había alcan­zado un grado relativamente elevado de evolución, y el hombre animal estaba en posesión de la tierra; era un ser con un poderoso cuerpo físico, un coordinado cuerpo astral o de sensación y senti­miento, y un germen rudimentario de mente, que algún día podría constituir el núcleo de un cuerpo mental. Abandonado a sus propios medios durante largos eones, el hombre animal eventualmen­te habría progresado hasta pasar del reino animal al humano, y llegado a ser una entidad autoconsciente, activa y racional, pero la lentitud del proceso se pone en evidencia al estudiar los bosqui­manos de Sudáfrica, los vedas de Ceilán o los hirsutos ainos del Japón.

La decisión del Logos planetario de tomar un cuerpo físico, estimuló extraordinariamente el proceso evolutivo y, por Su en­carnación y los métodos que empleó para distribuir las fuerzas, produjo, en un breve cielo, lo que de otro modo hubiera sido incon­cebiblemente lento. El germen de la mente en el hombre animal fue estimulado. El cuádruple hombre inferior,

a. el cuerpo físico, en su capacidad dual, etérica y densa,

b. la vitalidad, fuerza vital o prana,

c. el cuerpo astral o emocional,

d. el incipiente germen de la mente,

fue coordinado y estimulado, y llegó a ser un receptáculo apro­piado para la entrada de las entidades autoconscientes, esas tría­das espirituales (reflejo de la voluntad, intuición o sabiduría es­pirituales y mente superior) que habían esperado precisamente esa adaptación durante largas edades. El reino humano o cuarto reino, vino a la existencia, y la unidad autoconsciente o racional, el hombre, comenzó su carrera.

Otra consecuencia del advenimiento de la Jerarquía consistió en un desarrollo similar, aunque menos conocido, en todos los reinos de la naturaleza. En el reino mineral, por ejemplo, algu­nos de los minerales o elementos, recibieron un estímulo adicio­nal y se hicieron radiactivos, y tuvo lugar un misterioso cambio químico en el reino vegetal. Esto facilitó el paso del reino vegetal al animal, así como la radiactividad de los minerales facilitó el paso del reino mineral al vegetal. A su debido tiempo, los hom­bres de ciencia reconocerán que todos los reinos de la naturaleza se unen e interpenetran cuando las unidades de esos reinos son radiactivas. Pero no es necesario divagar en este sentido. Basta un indicio para quienes tienen ojos para ver, e intuición para com­prender el significado de los términos, limitados por una connota­ción puramente material.

En los días de Lemuria, después del gran descenso de las Exis­tencias espirituales a la tierra, quedó sistematizado el trabajo que proyectaron. Se distribuyeron las funciones, y los procesos evolu­tivos en todos los sectores de la naturaleza, quedaron bajo la sabia y consciente guía de esta Hermandad inicial. Esta Jerarquía de Hermanos de la Luz, existe aún, y el trabajo prosigue constante­mente. Todos tienen existencia física, ya sean cuerpos físicos den­sos, tal como lo hacen muchos de los Maestros, o bien cuerpos etéricos, tales como los que utilizan los más excelsos auxiliares y el Señor del Mundo. Es necesario que los hombres recuerden que Ellos tienen existencia física, y también deben tener en cuenta que viven con nosotros en este planeta controlando su destino, guiando sus asuntos y conduciendo a todas sus evoluciones hacia la perfección final.

La Sede de esta Jerarquía se halla en Shamballa, un centro en el desierto de Gobi, llamado en los libros antiguos "Isla Blan­ca". Existe en materia etérica, y cuando la raza de los hombres haya desarrollado la visión etérica en la Tierra, se conocerá su ubicación y será aceptada su realidad. Rápidamente se está des­arrollando esta visión, como puede observarse en los diarios y en la literatura actual, pero la ubicación de Shamballa será el último de los sagrados lugares etéricos que se revelará, pues su materia es del segundo éter. Varios Maestros que tienen cuerpo físico viven en los Himalayas en un lugar recluido llamado Shigatsé, lejos de los caminos de los hombres; pero la mayor parte están diseminados en todo el mundo, y viven de incógnito, y descono­cidos en diferentes lugares y en distintas naciones, aunque cada uno en Su propio lugar constituye un punto focal para la energía del Señor del Mundo, demostrando ser en Su medio ambiente, un distribuidor del amor y de la sabiduría de la Deidad.

 

La apertura del Portal de la Iniciación.

No es posible referirse a la historia de la Jerarquía, durante las largas épocas de su trabajo, sin mencionar algunos aconteci­mientos sobresalientes del pasado y sin señalar ciertas eventuali­dades. Durante épocas, después de su inmediata fundación, el trabajo fue lento y desalentador. Transcurrieron miles de años y apa­recieron razas humanas y desaparecieron de la tierra, antes de ser posible delegar, por lo menos el trabajo realizado por los ini­ciados de primer grado, a los hijos de los hombres en evolución. Pero a mediados del transcurso de la cuarta raza raíz, la atlante, sobrevino un acontecimiento que hizo necesario un cambio o in­novación, en el método jerárquico. Algunos de sus miembros fue­ron destinados a un trabajo superior en otra parte del sistema solar, y esto trajo por necesidad el ingreso, en número elevado, de unidades altamente evolucionadas de la familia humana. A fin de permitir que otros ocuparan Su lugar, los miembros menores de la Jerarquía fueron ascendidos, originando vacantes en tales puestos. Por lo tanto, tres cosas se decidieron en la Cámara del Concilio del Señor del Mundo:

 

1. Cerrar la puerta por donde los hombres animales pasaban al reino humano, no permitiendo a las mónadas de los planos su­periores tomar cuerpo por un tiempo. Debido a las limitacio­nes de entonces, se restringió el número de unidades del cuarto reino o reino humano.

       2. Abrir otra puerta a esos miembros de la familia humana que se hallaban dispuestos a someterse a la disciplina necesaria y hacer el gran esfuerzo requerido, y permitirles entrar en el quinto reino o espiritual. De este modo, las filas de la Jerarquía podían llenarse con miembros de la humanidad terrestre, capaci­tados para ello. Esta puerta se denomina el Portal de la Inicia­ción, y aún permanece abierta con las mismas cláusulas que fijara el Señor del Mundo en los días atlantes. Estas cláusulas se ex­pondrán en el último capítulo de este libro. La puerta que existe entre los reinos humano y animal, será abierta de nuevo durante el próximo gran ciclo o "ronda", como se dice en algunos libros; pero como aún faltan varios millones de años, no nos ocuparemos de ello por el momento.

       3. Trazar una línea de demarcación bien definida entre las dos fuerzas, la de la materia y la del espíritu. Fue recalcada la inherente dualidad de toda manifestación, a fin de enseñar a los hombres a liberarse por sí mismos de las limitaciones del cuarto reino o humano, y así pasar al quinto reino o espiritual. El pro­blema del bien y del mal, la luz y la oscuridad, lo correcto y lo incorrecto, fue enunciado únicamente en beneficio de la humani­dad, para permitir a los hombres romper con las cadenas que apri­sionaban al espíritu, logrando así la liberación espiritual. Este problema no existe en los reinos inferiores al del hombre, ni para quienes han trascendido el humano. El hombre debe aprender, a través de la experiencia y el dolor, la realidad de la dualidad de toda existencia. Habiéndolo aprendido, elige lo que concierne al aspecto espíritu plenamente consciente de la divinidad, y también a centrarse en ese aspecto. Al alcanzar la liberación, se da cuenta en verdad que todo es uno, que el espíritu y la materia son una unidad y que sólo existe lo que se halla en la conciencia del Logos planetario, y en círculos más amplios, en la conciencia del Lo­gos solar.

 

La Jerarquía aprovechó de este modo la facultad discrimina­dora de la mente, cualidad que caracteriza a la humanidad, para que el hombre, mediante el equilibrio de los pares de opuestos, alcance su meta y encuentre el camino de regreso a la fuente de origen.

 

Esta decisión condujo a la gran lucha, característica de la civilización atlante, que culminó con la destrucción, el diluvio al que se refieren todas las Escrituras del mundo. Las fuerzas de la luz y las fuerzas de la oscuridad se enfrentaron, y esto se hizo para ayudar a la humanidad. La lucha persiste aún, y la pasada guerra mundial fue un recrudecimiento de ella. En cada bando ha­bía dos grupos: los que luchaban por un determinado ideal, tal como ellos lo veían y creían que era lo más elevado, y aquellos que lo hacían por obtener ventajas materiales y egoístas. En la lucha entre los influyentes idealistas o materialistas, muchos fueron arrastrados y lucharon ciega e ignorantemente y, en consecuencia, fueron abatidos por el desastre y el karma racial.

 

Estas tres decisiones de la Jerarquía, tienen y tendrán un pro­fundo efecto sobre la humanidad, pero se están obteniendo los re­sultados deseados, pues ya puede observarse una mayor acelera­ción del proceso evolutivo y un efecto profundamente importante sobre el aspecto mente del hombre.

 

Conviene señalar aquí que, actuando como miembros de la Jerarquía, existe gran número de seres llamados ángeles por los cristianos y devas por los orientales. Muchos de ellos han pasado hace tiempo por la etapa humana y actúan ahora en las filas de la gran evolución, llamada evolución dévica, paralela a la humana. Esta evolución incluye, entre otros factores, a los constructores del planeta objetivo y a las fuerzas que producen, por medio de estos constructores, todas las formas conocidas y desconocidas. Los devas que colaboran en el esfuerzo jerárquico se ocupan, por lo tanto, del aspecto forma, mientras que los otros miembros de la Jerarquía se ocupan del desarrollo de la conciencia dentro de la forma. (1/37-42)

 

 

 

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