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Las Crisis de Cristo para lograr el Punto de Reaparición

En la vida de todo discípulo, particularmente en la de quie­nes deben enfrentar ciertas grandes expansiones de conciencia, sobrevendrá una crisis. En el punto de crisis se adoptan deci­siones, voluntaria o involuntariamente, y una vez adoptadas, el discípulo se encuentra en un punto de tensión, y olvidando la de­cisión percibe y ve mentalmente con mayor claridad el paso a dar, influenciando su actitud respecto al futuro. Realizado el trabajo durante el período de tensión, sobreviene lo que podría denominarse el punto de surgimiento, lo cual significa salir de un campo de experiencia para entrar en otro.

 

Ni Cristo mismo puede evadir esta triple experiencia y, a fin de poder comprender esto mejor, apliquemos las tres fra­ses, inapropiadas por cierto, a las acciones y reacciones de Cristo.

 

Las crisis no existen para Él en el mismo sentido que para nosotros; no hay esfuerzo o tirantez en su punto de tensión; sin embargo la analogía es apropiada para impartirles algo de lo que ha sucedido en ese estado de percepción que caracteriza a la Jerarquía espiritual; a este estado de conciencia podemos apli­carle el nombre de "percepción espiritual", en oposición a la percepción mental que constituye la contraparte humana. Debe recordarse que el punto de crisis que produce el punto de ten­sión, al que Cristo se sometió voluntariamente, es una cuestión o acontecimiento jerárquico, porque toda la Jerarquía está im­plicada en la crisis. La razón es simple: Cristo y sus colabora­dores conocen únicamente la experiencia de la conciencia grupal. Desconocen la participación unilateral y la actitud separatista, porque su estado de conciencia es incluyente y no excluyente. 

 

Por lo tanto, utilizando la terminología humana, a fin de interpretar las reacciones divinas de Cristo y Sus discípulos, debe comprenderse que el punto de crisis, responsable de la tensión jerárquica y de la oportuna aparición o surgimiento de Cristo, ya ha sido superado por Él y pertenece al pasado. El subsiguiente punto de tensión controla ahora los asuntos de la Jerarquía espiritual y sus numerosos grupos de colaboradores. El "punto de tensión", como se lo denomina en los círculos jerárquicos, fue alcanzado en el período comprendido entre la Luna llena de Géminis, junio de 1936, y la Luna llena de junio de 1945. Ese punto de decisión abarcó por lo tanto nueve años ‑un lapso relativamente breve ‑ y tuvo por resultado la deci­sión de Cristo de reaparecer visiblemente en la Tierra, tan pronto como sea posible y mucho antes de lo que se había pla­neado.

 

Esta decisión necesariamente fue adoptada consultando pre­viamente al Señor del Mundo, el "Anciano de los Días", men­cionado en El Antiguo Testamento, y también a "Aquel en Quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser", mencionado en El Nuevo Testamento, custodio de la Voluntad de Dios. Se llegó también a esta decisión con el pleno conocimiento y colaboración de los Maestros e iniciados avanzados. Esto fue inevitable por­que la participación de ellos y la ayuda eran imperativas. Ade­más era necesario que Sus pensamientos se unieran con los de Él y colaboraran mentalmente, porque Su reaparición significa un gran acercamiento jerárquico a la humanidad y un gran acontecimiento espiritual.

 

Sin embargo, el Cristo tomó la decisión y esto no sólo indicó un punto de crisis en Su experiencia sino también un punto culminante en Su expresión de la divinidad. Con toda reveren­cia, dentro de los límites de nuestra comprensión humana, de­bemos recordar que no hay nada estático en todo el proceso evo­lutivo de nuestro planeta o del cosmos; sólo existe proceso y progreso, avance acrecentado, logro y elevada realización. Cris­to Mismo está sujeto a esta gran ley del universo. Nuevamente con toda reverencia decimos aquí que Él también ha progresado en Su expresión de la divinidad y se halla más cerca que nunca ‑si así puede decirse del Padre y de la Vida Universal Una. Su comprensión y captación de la Voluntad de Dios es más pro­funda y el cumplimiento de esa Voluntad concuerda más con el Propósito divino, que cuando estuvo en Palestina hace dos mil años. Lógicamente, el Cristo ha acrecentado su percepción res­pecto a la intención de la Mente Divina, personificada en esa Entidad que denominamos Dios.

 

Cristo ya no dirá como en su agonía "Padre, no mi Voluntad sino la Tuya sea hecha"; hoy no tiene voluntad personal; única­mente lo anima la Voluntad de Su Padre y la capacidad de adoptar decisiones que son la plena expresión de esa Voluntad divina. Resulta difícil describir Su obra con otras palabras. Los comentaristas han tratado de explicar y justificar la expe­riencia de Cristo en Getsemaní, atribuyéndola a la emergente de­bilidad humana de Cristo, la aparente debilidad y en consecuen­cia el temporario sumergimiento de Su naturaleza divina. Ellos se vieron obligados a adoptar esta posición debido al pronunciamien­to teológico imperante respecto a la divina perfección de Cristo, perfección absoluta, soberana y ultérrima, lo que jamás recla­mó para Sí. Hoy se halla más cerca que nunca de la perfección. Este desenvolvimiento divino hizo posible que en los años decisivos, anteriores a junio de 1945, Él hiciera una correcta elección, no sólo para Sí, sino para la Jerarquía espiritual.

 

De acuerdo a la Voluntad divina, debía reaparecer física­mente en la Tierra para presidir la materialización del Reino de Dios, restablecer los Misterios de la Iniciación, de tal manera que sirvieran de base para la nueva religión mundial. Por sobre todas las cosas debía revelar la naturaleza de la Voluntad de Dios, voluntad que frecuentemente es considerada como un poder mediante el cual se hacen las cosas, se producen las situaciones, se inician las actividades y se llevan a cabo los planes, a menudo despiadadamente. Esta definición general formulada fácilmente por los hombres, se debe a que juzgan en términos de su propia voluntad, la voluntad de mejorar individualmente. Este tipo de voluntad egoísta y mal entendida al principio, tiende finalmente al altruismo, a medida que la evolución cumple su beneficiosa tarea. Luego la voluntad es interpretada en términos del plan jerárquico y el esfuerzo del individuo anula su propia voluntad, tratando de fusionarla con la del grupo ‑el grupo es en sí un aspecto del esfuerzo jerárquico. Éste es un gran paso dado en la correcta orientación, que conducirá finalmente a un cambio de conciencia.

 

La mayoría de los aspirantes se encuentran hoy en esta eta­pa, sin embargo, la voluntad en realidad es algo muy diferente a lo que expresa la conciencia humana, cuando los hombres tra­tan de interpretar la Voluntad divina en términos de su actual etapa de evolución. La clave para comprenderlo se encuentra en las palabras "eliminar toda forma". Cuando se vence la atracción que ejerce la sustancia y desaparece el deseo, entonces pre­domina el poder de atracción del alma y el énfasis (puesto du­rante tanto tiempo sobre la forma, la actividad y la vida indi­viduales) es reemplazado por la forma y propósito grupales. Luego, el poder de atracción ejercido por la Jerarquía y los grupos de discípulos de los Maestros, sustituye a las atracciones inferiores a los puntos focales no menos interesantes. Cuando éstos asuman el lugar que les corresponde en la conciencia, en­tonces se hará sentir la atracción dinámica del aspecto voluntad de la divinidad ‑que no tiene relación alguna con la forma o formas, con el grupo o grupos.

 

A la Luz de la Voluntad de Dios, Cristo adoptó ciertas deci­siones fundamentales y Se propuso llevarlas a cabo en un futuro relativamente inmediato ‑la fecha exacta de Su venida es sólo conocida por Él y por algunos de Sus más antiguos colaborado­res; sin embargo tales acontecimientos futuros se ocultan tras cierta decisión fundamental de la humanidad misma. Se está llegando a esta decisión mediante determinadas nuevas tenden­cias del pensar humano, como resultado de una subjetiva reac­ción humana a la decisión adoptada por el Cristo y la Jerarquía espiritual, la iglesia invisible.

 

Ya se ha definido y aceptado el móvil de Su reaparición y Él lo ha percibido con toda claridad. Debe terminar el trabajo ini­ciado hace dos mil años, inaugurando la nueva religión mun­dial; no pueden ignorarse las necesidades de una humanidad que implora e invoca; deben darse los pasos que preceden a una magna iniciación jerárquica, donde el Cristo es el Participante principal. Los acontecimientos sintomáticos del "momento final" no pueden ser postergados.

 

Si es posible hablar en términos reverentes y simbólicos, la recompensa acordada al Cristo al anunciar Su decisión final e irrevocable, fue el consentimiento o, más bien, el derecho ‑‑que nunca se había otorgado ‑ de utilizar cierta gran Invocación de dos maneras:

 

  1. Como Invocación jerárquica dirigida al "centro donde la Voluntad de Dios es conocida".
  2.  

2. Como plegaria mundial, expresada en palabras, que toda la humanidad pueda emplear inteligentemente.

 

Nunca se concedió fácilmente el derecho de emplear ciertas Palabras de Poder o "Estrofas Rectoras". La autorización fue otorgada por el Señor del Mundo, el Anciano de los Días, debido a la decisión de Cristo de aparecer nuevamente entre los hombres, trayendo Consigo a Sus discípulos.

 

Después del momento culminante de crisis espiritual y su consiguiente decisión, se alcanzó un punto de tensión, y en este estado de tensión espiritual está trabajando y planeando la Iglesia Invisible, llevando a los discípulos de Cristo, activos en la Tierra, a una condición similar de tensión espiritual. El éxito de la reaparición de Cristo, en presencia física, así como de otros factores (vinculados a Su reaparición) depende de los aconteci­mientos y contactos que tienen lugar ahora en este período de tensión. En todo punto de tensión, sea cual fuere el tiempo, se genera energía para el futuro, siendo enfocada en tal forma o condición, que su fuerza puede ser dirigida donde y cuando se la necesite. Este enunciado es lógicamente difícil de comprender. Un punto de tensión es, simbólicamente, un acopio de poder. Las energías que en la actualidad caracterizan al Reino de Dios, están adquiriendo impulso y son dirigidas por los Maestros de Sabidu­ría, en colaboración con la Voluntad de Cristo.

 

Mientras esta energía se ha ido acumulando y aumentando su poder, desde la Luna llena de junio de 1945, han tenido lugar tres acontecimientos de gran importancia para la vital experiencia de Cristo (por lo tanto de la Jerarquía), y sus efectos están en proceso de consolidación. Sólo puedo referirme brevemente a ellos, pues no es posible comprobar la realidad de lo que aquí se expone; únicamente la posibilidad, la probabilidad y la Ley de Analogía, indicarán la veracidad de estos acontecimientos. Sus efectos se observarán especialmente después que hayan sucedido. Estos tres acontecimientos pueden ser descritos de la manera siguiente:

 

1. El Espíritu de Paz descendió sobre el Cristo. El Nuevo Testamento atestigua un acontecimiento similar cuando se re­fiere al Bautismo: y "vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre Él" (Mt. 3‑16). Este Espíritu es un Ser poseedor de un inmenso poder cósmico y está influyendo hoy al Cristo, similarmente a como el Cristo hace dos mil años influyó o actuó a través del Maestro Jesús. El Espíritu de Paz no significa calma estática o emocional que pone fin a la agitación mundial y establece una era de paz. Constituye misteriosamente el Espí­ritu de Equilibrio, actúa de acuerdo a la Ley de Acción y Reac­ción y se reconocerá inevitablemente Su actividad. Su obra se manifestará de dos maneras: plenamente, cuando el Cristo reapa­rezca entre los hombres, y lenta y gradualmente hasta el mo­mento en que:

 

  1. El caos, el desorden, las perturbaciones emocionales y el desequilibrio mental que existen actualmente en el mun­do, adquieran equilibrio de acuerdo a esta ley, mediante un equivalente ciclo de calma, quietud emocional y equili­brio mental, emancipando a la humanidad para que entre en una nueva etapa y experimente la libertad. La paz estará de acuerdo a los disturbios experimentados.

 

  1. El odio, que tanto predomina hoy en el mundo, será equi­librado por la expresión de la buena voluntad ‑a través de la vida del Espíritu de Paz que actúa por medio del Cristo, la personificación del Amor de Dios. La expre­sión de esa buena voluntad está garantizada por la exce­siva manifestación del odio que se ha ido acumulando len­tamente en las mentes de los hombres, desde comienzos del siglo XIX, y está alcanzando la máxima intensidad en es­tos momentos. Una medida proporcional de la energía del amor se manifestará posteriormente como resultado de la actividad del Espíritu de Paz, actuando a través del Espíri­tu de Paz, como a veces se lo denomina al Cristo (EL 9,6). Este Ser espiritual no descenderá desde su alto lugar, donde actúa y dirige Su energía, será Cristo que actuará y servirá de canal para el poder dirigido de este Ser. La afluencia de Su divina energía (energía que provie­ne de fuera del planeta) está destinada a traer oportuna­mente paz a la Tierra mediante la expresión de la buena voluntad, que establecerá correctas relaciones humanas.

 

La humanidad ha registrado (desde luego inconsciente­mente) el primer impacto de esta energía, en mayo de 1936 y también en junio de 1945.

 

2. La fuerza evolutiva, a la que damos el nombre de "con­ciencia crística" (términos empleados por todos los grupos me­tafísicos del mundo), se enfocó en la Persona del Cristo en forma hasta ahora desconocida, y constituye ese poder, latente en todo corazón humano, descrito por San Pablo como "Cristo en noso­tros, esperanza es de gloria" (Co. 1,27), que de acuerdo a la ley evolutiva conduce finalmente al hombre al Reino de Dios v "a la estatura de la plenitud de Cristo" (EL 4,13). El Cristo ha sido siempre el símbolo de este poder y gloria. En el presente período de tensión jerárquica y como resultado de Su decisión de reaparecer, Cristo se trasformó en la personificación de esta energía, entrando así en, una relación más íntima con la humanidad. Otros dilectos hijos de Dios son canales de esta energía en relación con los reinos subhumanos, pero el Cristo ocupa un lugar excepcional en lo que concierne a la humani­dad. Expresando simbólicamente esta idea, diríamos que dicha energía crea un puente viviente entre el reino humano y el Reino de Dios, entre el cuarto reino de la naturaleza y el quinto. Cristo es el custodio de esta energía, pero sólo temporariamente y durante el período de esta crisis humana. Debido a ello, pue­de estimular el factor respuesta, existente en los corazones de los hombres, lo que les permitirá reconocer y saber quién es y qué es, cuando reaparezca. Esta canalización de energía comenzó al finalizar la guerra mundial y aún continúa; es responsable de la tendencia a mejorar el acrecentamiento del principio de participación, que ya se percibe en todas partes, y de la inne­gable bondad de los corazones y de los pensamientos humanos ‑la sensatez de las masas (cuando están bien informadas) es mucho mayor que la sensatez de sus líderes.

 

  1. Como es bien sabido, la historia de la humanidad ha sido esencialmente la historia de los Grandes Mensajeros espirituales ‑que de vez en cuando, en los momentos de crisis humana, han surgido del lugar secreto del Altísimo, para ayudar, inspi­rar, revelar, conducir y orientar. Ésta es la historia de la presentación de las ideas expuestas a la consideración de la huma­nidad, que gradualmente se convirtieron en civilizaciones y cul­turas. Tal la urgencia de la necesidad humana en la actualidad y la oportunidad de que uno de los Hijos de Dios ‑‑durante este ciclo de tensión ‑ está esperando para colaborar con Cristo. Como resultado de la decisión de Cristo y su "fusión espiritual" con la Voluntad de Dios, el Avatar de Síntesis se convirtió tem­porariamente en Su íntimo Colaborador. Éste es un acontecimien­to de importancia suprema y planetaria. Su relación y plan de ayuda datan desde el momento en que se dio la Gran Invocación y la emplearon los hombres en todas partes. Debido a la magna tarea que el Cristo enfrenta, será fortalecido y apoyado por el Avatar de Síntesis, el "Silencioso Avatar", hablando simbólica­mente, "mantendrá Su ojo sobre Él, Su mano debajo de Él y Su corazón palpitará al unísono con el Suyo".

 

Este Ser está estrechamente relacionado con el aspecto Volun­tad de la divinidad y Su colaboración ha sido posible debido a lo que el Cristo ha logrado en la línea más elevada de la voluntad espiritual. Actúa de acuerdo a la gran Ley natural de Síntesis, produciendo unidad, unificación y fusión. Su función (al uníso­no con la energía del Cristo) consiste en generar en la humani­dad la voluntad espiritual, la voluntad al bien; Su poder actúa en tres campos de actividad en estos momentos:

 

  1. En la Jerarquía espiritual misma, revelando la natura­leza divina de la voluntad al bien que debe expresar el Reino de Dios y también la naturaleza del Propósito di­vino.
  2.  
  3. En la Asamblea de las Naciones Unidas, no en el Consejo de Seguridad, generando allí una lenta y creciente voluntad hacia la unidad.

 

  1. En las masas humanas de todas partes, estimulando el anhelo de lograr un mejoramiento general'

 

Su actividad es forzosamente la actividad de las masas, por­que Él sólo puede canalizar Sus energías a través de la concien­cia de las masas, o por medio de una entidad que posea con­ciencia grupal, tal como la Jerarquía, las Naciones Unidas o la Humanidad. El punto focal de Su esfuerzo y el Agente me­diante el cual se puede distribuir Su energía, es el Nuevo Grupo de Servidores del Mundo; grupo que está relacionado en forma excepcional con el Avatar de Síntesis. El objetivo principal del Nuevo Grupo de Servidores del mundo es, y ha sido siempre, reunir a todos los agentes de buena voluntad que responden a la energía de la divina voluntad al bien. Su trabajo puede ser intensificado constructiva y creadoramente por la unión del Ava­tar de Síntesis y el Cristo. Su tarea consiste en introducir la Nueva Era, donde los cinco reinos de la naturaleza comenzarán a actuar como un todo creador. Su trabajo puede ser clasificado por sectores, funciones o actividades, para:

 

  1. Llegar a una síntesis o unidad humana, que conducirá a un reconocimiento universal de una sola humanidad, a lograrse mediante las correctas relaciones humanas.

 

b. Establecer correctas relaciones con los reinos subhuma­nos de la naturaleza, lo cual   conduce al reconocimiento universal de que existe un solo mundo.

 

  1. Arraigar abiertamente en la Tierra, el Reino de Dios, la Jerarquía espiritual de nuestro planeta, que conducirá al reconocimiento universal de que los hijos de los hombres son uno.

 

Estos objetivos serán apoyados y ayudados por el Avatar de Síntesis, y con este propósito se ha unido a Cristo, actuando a través de la Jerarquía, recibiendo instrucciones del "centro don­de la voluntad de Dios es conocida". Estos tres acontecimientos relacionados y puntos de distribución de energía, han entrado en actividad durante el período de tensión que atraviesan en la actualidad el Cristo y la Jerarquía. Permitirán reorientar y en­focar la energía en la humanidad, pues son el resultado de la decisión tomada por el Cristo después de Su momento de crisis, y están vinculados con la preparación jerárquica para la reapa­rición de Cristo. (8/62-72)

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