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PREPARACIÓN PARA EL RETORNO DE CRISTO

Junio de 1947

 

Mucho tengo que decir aquí en correlación con mi comunica­ción anterior y me dirijo a todos los aspirantes y discípulos. La oportunidad es tan grande en este momento que quiero enfren­tarlos con la alternativa de llegar libremente a una decisión, Sin embargo, lo que decidan afectará definitivamente la actividad de sus vidas. Éste es el desafío. Mis palabras son relativamente sen­cillas, tan sencillas que pueden parecer un contrasentido. Sin em­bargo, por sencillo que pueda ser el problema, es muy difícil de solucionar. La forma en que reaccionarán a lo que debo decir de­penderá de su sentido de los valores, no de la capacidad de razo­nar en forma abstracta. El aspirante común y el ser humano inte­ligente tienden a acentuar la complejidad actual de los asuntos y acontecimientos humanos y creen que éstos engolfan a los hombres de todos los países. De este modo presentan una excusa aceptable para sí mismos.

 

La importancia de lo que voy a decir está relacionado con el mensaje que trasmití recientemente respecto al Retorno de Cris­to, el cual contiene su propio desafío y los interrogantes que hizo surgir en todo corazón humano y sincero: 

 

  1. ¿Cómo puedo responder personalmente a este desafío?

  2. ¿Qué puedo hacer específicamente?

  3. ¿Cuáles son los pasos que yo y todo aspirante debemos dar?

     

    Estos interrogantes significan una cosa para unos y otra para otros. Algunas de las respuestas surgirán a medida que lean lo que debo decir. Escribo para quienes son discípulos del Cristo, pero mis palabras pueden tener significado para los pensadores sinceros y los creyentes cristianos.

     

    Las complejidades y dificultades de este período de posguerra son enormes. Cuanto más se acerca el aspirante a la fuente de luz y poderes espirituales, tanto más difícil se torna su problema y, al mismo tiempo, tanto más clara será su comprensión de los hechos. Apartándose de los detalles del primer plano, que asume siempre proporciones indebidas, y divorciándose de esos detalles que anegan la vida diaria con perplejidades y ansiedades, el pro­blema es relativamente simple y de naturaleza doble.

     

    Primero de todo, la guerra externa física recién ha termi­nado; los dos años transcurridos desde que cesó el fuego, son un breve lapso, y ningún país se ha recuperado aún de sus terribles efectos. No hay un verdadero intercambio entre las naciones y tampoco real comprensión. Actualmente los Estados Unidos per­miten reunir fondos para armar a los sionistas contra Gran Bretaña, potencia aliada y amiga; también está autorizando la propaganda contra Rusia, otra potencia aliada y amiga. En nin­guna parte hay verdadero esfuerzo (realizado con fija determi­nación y justo arreglo) para poner término a esas condiciones económicas que son la causa principal de la guerra y responsables de engendrar el odio entre las naciones.

     

     

    Segundo (y de mayor importancia aún, desde el ángulo de los valores espirituales, aunque no tan fácilmente percibido), las fuerzas del mal están aún activas, y aunque pudieron ser recha­zadas, siguen siendo poderosas; trabajan sutilmente y se esfuer­zan para afirmarse; siguen nutriendo astutamente la ansiedad y la inseguridad mundiales, a fin de crear otro punto de tensión mundial.

     

     

    Mientras ambas fuentes de tensión mundial no sean recono­cidas y correctamente tratadas, la vida le será excesivamente difícil al aspirante, y más aún al discípulo. Pueden argüir (y con razón) de que la vida de todos los que. sufrieron en la guerra, el destino de los pueblos hambrientos que todavía sufren la violencia del ataque en Europa –los habitantes de Gran Bretaña, Italia, China, Polonia y los Balcanes, además de Alemania y Japón, responsables de las dificultades, y todos los que están incluidos en los resultados del ataque alemán al mundo– están más allá de toda resistencia y, por lo tanto, deben ser compartidos por los aspirantes y discípulos. En realidad es así. Pero los pensadores y trabajadores más avanzados tienen algo más que soportar que un destino común. Si éstos abren sus corazones y mentes, parti­ciparán no sólo de las dificultades que enfrentan las masas de todas partes, sino que también serán conscientes de las posibili­dades espirituales, de la tarea que tienen por delante de sellar "la puerta donde se halla el mal", y de las estupendas y excepcio­nales circunstancias que enfrentan quienes reconocen y aceptan el inminente retorno de Cristo.

     

    A medida que el discípulo enfrenta los acontecimientos y posi­bilidades internos y externos, tiende a sentir una total frustra­ción; anhela ayudar, pero no sabe qué hacer; la comprensión de las dificultades que amenazan, el análisis de sus recursos y de aquellos con quienes trabaja, y su claridad de percepción, respecto a las fuerzas alineadas en su contra, lo inclinan a exclamar: ¿De qué servirá cualquier esfuerzo que haga? ¿Por qué no dejar a am­bas fuerzas del bien y del mal, de la Logia Negra y de la Jerarquía espiritual, que luchen solas? ¿Por qué no dejar que la presión de la corriente evolutiva, oportunamente y a la larga, haga cesar la lucha y traiga el triunfo del bien? ¿Por qué tratar de hacerlo ahora?

     

    Éstas reacciones son naturales cuando se considera el actual campo de conflicto, la codicia prevaleciente, los antagonismos in­ternacionales y raciales y los móviles egoístas que controlan a tantas unidades nacionales, más la oscura apatía de las masas y, en par­ticular, la creciente suspicacia y desconfianza entre Estados Uni­dos y Rusia –situación en la cual ambos grupos son igualmente culpables. Esta situación generadora de guerra es fomentada de­trás de la escena por el poder altamente hábil y fuertemente anticomunista de la Iglesia Católica Romana, con sus planes polí­ticos organizados –planes que se desarrollan notablemente en los Estados Unidos. A éstos, el pensador inteligente añade las acti­vidades reaccionarias en todos los países, más la lucha por el pe­tróleo, que gobierna la política de Rusia, Estados Unidos y Gran Bretaña. Actualmente, debe agregarse a estos factores la lucha entre hindúes y musulmanes por el control de la India y también la que se libra por Palestina –fomentada por sionistas, no por judíos– donde los Sionistas evitaron que los judíos despla­zados (sólo el 20% de la totalidad) descubrieran que en muchos países del mundo se les daba la bienvenida; esta lucha estaba res­paldada por la codicia y no por el amor a Palestina, regida por in­tereses financieros, no por el espíritu humanitario que proclaman los Sionistas y obligaría a aceptar las ofertas hechas por Gran Bretaña, Canadá, Chile, Bélgica y muchos otros países.

     

    Estos factores, cuando son comprendidos por los hombres y mujeres reflexivos, producen un profundo desaliento y un senti­miento de futilidad y desesperanza. En cambio deberían ser enfren­tados con valor por medio de la verdad y la comprensión; además están dispuestos a hablar con franqueza, sencillez y amor, al ex­poner la verdad y al dilucidar los problemas que deben ser re­sueltos. Las fuerzas antagónicas del mal deben ser derrotadas antes que venga Aquel que todos los hombres esperan, el Cristo.

     

     

     

    El conocimiento de que Él está preparado y ansioso de reapa­recer públicamente ante Su amada humanidad, aumenta el sen­tido de frustración general, y surge otra pregunta de vital impor­tancia: ¿Durante cuánto tiempo debemos esperar, esforzarnos y luchar? La respuesta es clara: vendrá indefectiblemente cuando se haya restablecido la paz en cierta medida, cuando el principio de participación esté por lo menos en camino de controlar los asuntos económicos y cuando las iglesias hayan comenzado a arre­glar sus propios asuntos. Entonces Él podrá venir y lo hará, y el Reino de Dios será reconocido abiertamente y no será ya un sueño, ni un ideal.

     

    Los aspirantes tienden a preguntar, ¿por qué no vendrá Cris­to con la pompa y la ceremonia que la iglesia le asigna a ese acon­tecimiento, y con Su venida demostrar Su divino poder y probar, en forma convincente, la autoridad y la potencia de Dios, termi­nando así con el ciclo de agonía y sufrimiento? Las respuestas son muchas. Debe recordarse que el principal objetivo del Cristo no será demostrar Su poder, sino hacer público el existente reino de Dios. También se preguntarán ¿por qué cuando vino anterior­mente no fue reconocido?; ¿hay alguna garantía de que esta vez Lo será? Quizás se pregunten ¿por qué no se Lo reconocerá? Porque los ojos de los hombres están cegados por las lágrimas de la autoconmiseración y no de la contrición; porque el corazón del hombre está aún corroído por un egoísmo que la agonía de la guerra no ha curado; porque la norma de valores es la misma que existía en el corrupto Imperio Romano que vio Su primera aparición, pero entonces esa norma de valores era local y no universal; porque aquellos que podrán reconocerlo y anhelan y esperan Su venida, no están dispuestos a hacer los sacrificios necesarios para ase­gurar el éxito de Su advenimiento.

     

     

    Otro factor que milita contra Su reconocimiento y que sor­prenderá, es el hecho de que actualmente hay un número tan grande de personas excesivamente buenas en el mundo, y tantos trabajadores y discípulos altruistas y personas realmente santas, que la rivalidad espiritual Le exigiría tal grado de santidad que Le impediría apropiarse de un cuerpo físico cuya calidad Le permi­tiera manifestarse entre los hombres. Esto no sucedió hace dos mil años; pero hoy sí, debido al enorme progreso humano y al éxito del proceso evolutivo. Actualmente, para que Él pueda cami­nar entre los hombres, es necesario un mundo que contenga sufi­cientes trabajadores eficaces y personas de mente espiritual que cambien la atmósfera de nuestro planeta; sólo entonces, el Cristo puede venir y vendrá. Sin embargo, no les presento una imposi­bilidad.

     

     

    El esoterismo moderno y el éxito de la vida científica espi­ritual han sido ahora tan ampliamente reconocidos, que la con­ciencia de los hombres de todas partes fue profundamente afec­tada; esto se acrecentará a medida que la esperanza de Su venida y la consiguiente preparación se difundan entre los hombres. Esta situación no significa divina frustración (de la cual los discípulos mundiales podrían ser el reflejo), tampoco indica la incapacidad de aparecer, sino más bien la maravilla de la divinidad humana y el éxito del Plan divino para el hombre. Sin embargo, la divinidad espera que éste exprese su libre albedrío.

     

    Otra respuesta es que cuando el Cristo venga desde el Lugar de Poder, trayendo a Sus discípulos, los Maestros de Sabiduría, ese Lugar de Amor y de Poder estará situado en la tierra y será públicamente reconocido; los efectos de esa aparición y reconoci­miento serán tremendos, y traerá una arremetida y un esfuerzo análogamente tremendo, por parte de las Fuerzas del Mal –a no ser que la humanidad misma haya sellado primero "la puerta donde se halla el mal", lo cual debe hacerse mediante el estableci­miento de las rectas relaciones humanas.

     

    Otra respuesta sobre la cual les pediría que reflexionen es, que el Cristo y la Jerarquía espiritual –cualquiera sea el incentivo– ­nunca infringen el derecho divino de la humanidad, de obtener la liberación luchando por ella, individual, nacional e internacional­mente. Cuando la verdadera libertad reine sobre la tierra, veremos el final de la tiranía en la política y la religión. No me refiero a la democracia moderna, que actualmente es una filosofía de bue­nos deseos, sino a ese estado donde gobernarán los pueblos mis­mos, los cuales no tolerarán el autoritarismo de ninguna iglesia, o el totalitarismo de ningún sistema o gobierno político; tampoco aceptarán ni permitirán el gobierno de ningún grupo de hombres que les diga en qué deben creer a fin de ser salvados o qué gobierno aceptar. No digo que estos objetivos deseados deban ser realida­des en la tierra antes de que venga el Cristo, pero si que esta actitud hacia la religión y la política debe ser generalmente aceptada como algo necesario para todos los hombres, y que los pasos deben haberse dado con. éxito y en dirección hacia las rectas relaciones humanas.

     

    Éstas son las cosas que el nuevo grupo de servidores del mun­do, los discípulos, los aspirantes y los hombres de buena voluntad de todas partes deben creer y enseñar, como preparación para Su venida.

     

     

    Por lo tanto, nada contrarresta el sentimiento de frustración (que está innegablemente presente y basado en condiciones reales), sino la aceptación y el desarrollo de un estado mental basado en la creencia de la veracidad de los registros históricos que dan testimonio a muchos advenimientos en los momentos cruciales de los asuntos humanos y a muchos Salvadores del mundo –de los cuales el Cristo fue el más grande. Una actitud correcta y constructiva debe estar también basada en el reconocimiento innato de la existencia del Cristo y de Su Presencia entre nosotros en todo momento; debe estar fundada en el conocimiento de que la guerra –con sus indecibles horrores, crueldades y desastres catas­tróficos– sólo fue la escoba del Padre, barriendo los obstáculos del camino de retorno de Su Hijo. Debido a las condiciones de la preguerra hubiera sido casi imposible prepararse para el adveni­miento. El nuevo grupo de servidores del mundo debe hoy adoptar una actitud basada en estos hechos y reconocer los factores obs­taculizadores, sin dejarse frustrar por ellos; debe ser consciente de los impedimentos (muchos de ellos de orden financiero, basados en la codicia material), entonces debe emplear habilidad en la acción y perspicacia financiera para superar los obstáculos; sus miembros deben tener los ojos bien abiertos al enfrentar las di­ficultades mundiales y –mantener ante sí Su estrella de cinco puntas– pasar incólumes y triunfalmente a través de todos los factores frustradores.

     

    No trato de considerar las frustraciones espirituales generales ni deseo perder el tiempo con las trivialidades comunes y las bien conocidas respuestas, que no ayudan porque siguen siendo trivia­lidades y no se traducen en acción. Me ocuparé sólo de dos factores, que condicionan la oportunidad actual; se los puede considerar que obstaculizan en tal forma que si no se los elimina se producirá una gran demora en el retorno de Cristo. Éstos son:

     

    La inercia del aspirante común, u hombre de mente espiritual.

     

    La falta de dinero para el trabajo de preparación.

     

    Ambos obstáculos están fundamentalmente basados en una y la misma cosa: en el materialismo; uno, el materialismo del esfuerzo físico, el otro, el materialismo de la actitud mundial.

     

    No compliquen el tema y manténganlo en el nivel donde trabaja y piensa hoy la mayoría de las personas, sean intensa­mente prácticos y oblíguense a ver las condiciones tal como son, llegando así a un mejor conocimiento de nosotros y de nuestros móviles.

     

    La Inercia del Hombre Común de Mente Espiritual.

     

    El aspirante común, el hombre de buena voluntad o el dis­cípulo, es siempre consciente del desafío de las épocas y de la oportunidad que pueden ofrecer los acontecimientos espirituales. ­El deseo de hacer el bien y de llevar a cabo fines espirituales, se agita incesantemente en su conciencia. Nadie que ama a sus seme­jantes, y sueña ver al Reino de Dios materializado en la Tierra, o es consciente aunque lentamente, del despertar de las masas a los valores espirituales superiores, está totalmente insatisfecho. Com­prende que contribuye muy poco para lograr estos objetivos desea­bles. Sabe que su vida espiritual es una cosa secundaria que re­serva cuidadosamente para sí mismo, y frecuentemente teme mencionarlo a los más allegados y queridos; trata de ensamblar su esfuerzo espiritual con la vida externa común, luchando por hallar tiempo y oportunidad para aplicarlo en forma grata, imper­ceptible e inocua. Se siente inerme ante la tarea de organizar y reordenar sus asuntos, para que predomine el modo de vivir espi­ritual; busca excusas para sí, y oportunamente razona consigo mismo con tanto éxito, que llega a la conclusión de que hace lo mejor que puede, dadas las circunstancias. En verdad hace tan poco, que probablemente una y quizás dos horas de veinticuatro, abarcan el tiempo dedicado al trabajo del Maestro; se escuda detrás de la excusa de que las obligaciones del hogar le impiden hacer más, y no se da cuenta que con tacto y comprensión amo­rosa, su ambiente hogareño puede y debe ser el campo de su triunfo; olvida que no hay circunstancias en las que el espíritu del hombre pueda ser derrotado o el aspirante no pueda meditar, pen­sar, hablar y preparar el camino para la venida de Cristo, siempre que tenga suficiente interés y conozca el significado del sacrificio y el silencio. Las circunstancias y el medio ambiente no consti­tuyen un verdadero obstáculo para la vida espiritual.

     

    Quizás se escude en el pretexto de la mala salud y con fre­cuencia en males imaginarios. Dedica tanto tiempo al cuidado de sí mismo que las horas que podría dedicar al trabajo del Maestro son directa y seriamente disminuidas; se halla tan preocupado con su cansancio, su tendencia a resfriarse y su imaginaria en­fermedad cardíaca, que cada vez es más "consciente de su cuerpo", hasta que domina oportunamente su vida; entonces es demasiado tarde para hacer algo. Esto ocurre especialmente con las personas que llegan a los cincuenta años o más, dificultad predominante en las mujeres. Difícilmente dejarán de emplear esta excusa, pues se sienten cansadas y doloridas y esto tiende a empeorar en el transcurso de los años. El único remedio para la inercia progresiva es ignorar al cuerpo y gozar la vivencia del servicio, lo cual conduce a una vida más larga. No me refiero a una enfermedad definida o a serios impedimentos físicos, a los que debe dispensarse cuida­do y atención debidos, sino a los miles de hombres y mujeres en­fermizos y preocupados del cuidado de sí mismos, desperdiciando horas que podrían dedicar al servicio de la humanidad. A quienes tratan de hollar el sendero del discipulado les pido que dediquen esas horas empleadas en él cuidado de sí mismos, a servir a la Jerarquía.

     

    Otra excusa que conduce a la inercia es el temor que tienen las personas de hablar sobre las cosas del Reino de Dios; temen ser rechazadas, consideradas raras o inoportunas. Por lo tanto, guardan silencio, pierden la oportunidad y nunca descubren cuán dispuesta está la gente a discutir las realidades, por el consuelo y la esperanza que puede traerles la idea del retorno de Cristo o de compartir la luz espiritual. Esto es esencialmente una especie de cobardía espiritual tan difundida, que es responsable de la pérdida de millones de horas de servicio mundial.

     

    Hay otras excusas, hermanos míos, pero las mencionadas son las más comunes; liberar de estas condiciones obstaculizadoras aportaría a la mayoría de los aspirantes al servicio del Cristo (empleando el lenguaje de los gremios) tantas horas hombre y esfuerzo extra, que la tarea de quienes no admiten excusas sería grandemente aliviada y la venida del Cristo mucho más inmediata. Lo que llamamos inercia no es simplemente de naturaleza sicológica. Las cualidades de la materia o de la sustancia están invo­lucradas. La inercia es el aspecto más lento y bajo de la sustancia material, y en la filosofía oriental se la denomina cualidad de tamas. Debe ser trasmutada en una cualidad superior, la de la actividad o (en términos técnicos) cualidad rajásica, que conduce después a una cualidad superior de sattva o ritmo. No los exhorto a llevar un ritmo de vida de acuerdo al cual actúan el Cristo y la Jerarquía espiritual, y que vibra en armonía con la necesidad humana y la respuesta jerárquica. Sin embargo, los incito a de­mostrar actividad y no a ocultarse detrás de las excusas. Es esen­cial que todos los aspirantes reconozcan que en el lugar en que se encuentran y entre las personas con quienes están asociados kár­micamente y con el equipo sicólogico y físico que poseen, pueden y deben trabajar. No me extenderé sobre este tema. No se ejerce coerción ni indebida presión al servir a la Jerarquía. La situación es clara y simple. Tres grandes actividades tienen lugar con la actualidad.

     

    Primero, la actividad que se percibe en el "centro donde la voluntad de Dios es conocida", esa voluntad al bien que ha llevado a la creación a una mayor gloria y a una respuesta cada vez más profunda e inteligente. Esta actividad trata de producir, en forma creadora, un nuevo orden mundial, el del Reino de Dios, super­visado físicamente por Cristo. Esto podría ser considerado como la exteriorización de la Jerarquía espiritual de nuestro planeta, cuyo signo y símbolo lo constituirá el retorno de Cristo a la acti­vidad visible.

     

    Segundo, la actividad máxima que condiciona a la Jerarquía espiritual, desde el Cristo Mismo hasta el más humilde aspirante, situado en la periferia de ese "centro donde el amor de Dios" se halla plenamente activo. Allí es donde se comprende (expresado con las palabras de San Pablo) aquello de: "Porque sabemos que todas las criaturas gimen a una, y a una están de parto hasta ahora, esperando la manifestación de los Hijos de Dios". Para esta manifestación se preparan estos "Hijos de Dios que son los Hijos de los hombres"; para este advenimiento al servicio activo o externo, Ellos vienen uno tras otro a la actividad en el plano físico. No se los reconoce por lo que son, pero se encargan de los asuntos del Padre, demostrando buena voluntad, tratando de am­pliar el horizonte de la humanidad, preparando así el camino para Aquel a Quien Ellos sirven, el Cristo, Maestro de Maestros e Ins­tructor de ángeles y hombres.

     

    Tercero, tenemos la humanidad misma, "el centro que llama­mos la raza de los hombres", en el cual predomina hoy el caos, el tumulto y la confusión, una humanidad dolorida, perpleja y con­fundida, no obstante, consciente mentalmente de infinitas posibilidades, luchando emocionalmente por ese plan que cree el mejor, haciéndolo sin coherencia y sin comprender que debe ser un mundo para una humanidad. Simplemente desea paz emocional, seguridad para vivir y trabajar y visión de un futuro que satis­faga algún sentido incipiente de la perdurabilidad divina. Está físicamente enferma, privada de lo más esencial para llevar una vida normal y sana, atormentada por la inseguridad económica, invocando, consciente o inconscientemente, al Padre en bien de sí misma y del resto del mundo.

     

    La reaparición de Cristo proporcionará la solución. Ésta es la firme voluntad de Dios; es el deseo del Cristo Mismo y de Sus discípulos, los Maestros de Sabiduría, y es la demanda incons­ciente de los hombres de todas partes. Donde exista esta unidad de propósito, uniformidad de intención espiritual y demanda cons­ciente, lo único que podría detener Su reaparición sería el fracaso del género humano en preparar el escenario para tan magno acontecimiento, allanar el camino, familiarizar a los pueblos y obte­ner la necesaria paz en la tierra, basada en rectas relaciones humanas.

     

     

    La Falta de Apoyo Financiero para el Trabajo de Preparación

     

     

    Llegamos ahora al segundo de los obstáculos principales: la falta de apoyo financiero para los trabajadores y discípulos del Cristo en todos los países, a medida que se esfuerzan por liberar la energía espiritual y poner un nuevo orden en el actual caos mundial. Ésta es quizás la mayor dificultad y a veces parece

     

    insuperable; involucra el problema de la verdadera administración económica y la orientación de sumas adecuadas de dinero hacia determinados canales, que ayuden definidamente en el trabajo de preparación para el retorno de Cristo. Por esta razón he cerrado la sección anterior de este artículo con las palabras "rectas rela­ciones humanas".

     

    Por lo tanto, el problema es particularmente difícil, porque los trabajadores espirituales no sólo tienen que preparar a la gente para dar (de acuerdo a sus posibilidades), sino que en muchos casos deben proporcionar ante todo un móvil tan atrayente que se vea obligada a dar. También tendrán que proveer la institu­ción, fundación u organización, para administrar esos fondos. Esto representa una tarea muy difícil. La encrucijada actual no radica solamente en reunir fondos para Su venida, sino en el egoísmo enraizado en la mayoría de aquellos que detentan la ri­queza mundial, y cuando dan –si es que dan– lo hacen porque aumenta su prestigio o indica su éxito financiero. Debe recordarse aquí que toda generalización presupone excepciones. Por lo tanto, generalizar es simplificar excesivamente el tema. Podemos decir que los cuatro canales principales por los cuales circula el dinero son:

  1. Los millones de hogares a los cuales llega en forma de sueldo, salario o herencia. Todo esto está hoy desequili­brado, existiendo excesiva riqueza o extrema pobreza.

  2. Los grandes sistemas capitalistas y monopolios, en que se fundan las estructuras económicas en la mayoría de los países. No interesa si este capital pertenece al gobierno, a la municipalidad, a un puñado de hombres ricos o a grandes sindicatos. Poco se gasta en el mejoramiento de la vida humana o para inculcar los principios que condu­cen a rectas relaciones humanas.

  3. Las iglesias y grupos religiosos de todo el mundo. Aquí (hablando nuevamente en términos generales, y al mismo tiempo reconociendo la existencia de una pequeña minoría espiritualmente orientada) el dinero es dedicado a los as­pectos materiales del trabajo, a la multiplicación y pre­servación de la estructura eclesiástica, a los salarios y gastos generales, y sólo un pequeño porcentaje se destina realmente a la educación de los pueblos, a la demostra­ción viviente de la realidad de Su retorno –que ha sido durante siglos la doctrina definida de las iglesias. Ese retorno se ha anticipado en el transcurso de las edades y podría haber ocurrido si las iglesias y las organizaciones religiosas de todas partes, hubieran cumplido con su deber.

     

     

  4. Las obras filantrópicas, sanitarias y educativas. Todo ello ha sido muy beneficioso y necesario, y la deuda que el mundo ha contraído con los filántropos que hicieron posible estas instituciones es realmente enorme. Todo fue un paso dado en la correcta dirección y expresión de la divina voluntad al bien. Sin embargo, es dinero a menudo mal empleado y mal dirigido, y los valores desarrollados han sido mayormente institucionales y con­cretos, limitados por las restricciones que imponen los donantes o los prejuicios religiosos de quienes controlan el desembolso de los fondos. En medio de las querellas motivadas por ideas, teorías religiosas o ideologías, se olvida la verdadera ayuda a la humanidad una.

     

    Pero subsiste el hecho de que si los agentes administradores (que manejan el dinero) tuvieran una visión verdadera de la rea­lidad espiritual de la humanidad una y del mundo uno, y si su objetivo hubiese sido estimular las rectas relaciones humanas, las multitudes de todas partes responderían a una visión muy distinta de la actual; no enfrentaríamos como hoy la necesidad de gastar enormes sumas –que suman miles de millones– necesarias para restablecer físicamente no sólo el cuerpo físico de incontables mi­llones de hombres, sino ciudades enteras, sistemas de transporte y centros responsables de la reorganización del vivir humano.

     

     

    Análogamente puede decirse que si el valor y la responsabi­lidad espirituales otorgados al dinero (en la medida que sea) hubieran sido apreciados y enseñados debidamente en los hogares y en las escuelas, no tendríamos las espantosas estadísticas del dinero gastado en todo el mundo, antes de la guerra (y aún hoy en el hemisferio occidental), en golosinas, licores, cigarrillos, di­versiones, vestimenta innecesaria y en lujo. Estas estadísticas suman cientos de millones de dólares por año. Una parte de ese dinero, cuya recaudación exigiría un mínimo de sacrificio, permi­tiría a los discípulos del Cristo y al nuevo grupo de servidores del mundo preparar el camino para Su venida y educar las mentes y los corazones de los hombres, a fin de establecer rectas rela­ciones humanas.

     

     

    El dinero –así como otras cosas de la vida humana– ha sido mancillado por el egoísmo y acaparado para fines individuales y nacionales egoístas. La Guerra Mundial (1914-1945) es un ejem­plo de ello, pues si bien se habló mucho de "salvar el mundo para la democracia" y de "librar una guerra para terminar con las guerras", el objetivo principal fue la autoprotección y la auto­conservación, el ansia de lucro, la venganza por viejos odios y la recuperación de territorios. Los dos años transcurridos desde la guerra lo han probado. Las Naciones Unidas están ocupadas con las voraces demandas de todas partes, las intrigas de las naciones, a fin de adquirir poder y posición, y obtener posesión de los recursos naturales de la tierra: carbón, petróleo, etc., y también con las actividades de las grandes potencias y de los capitalistas.

     

    Sin embargo, durante todo el tiempo, la humanidad una –no importa el país, color o credo– reclama paz, justicia y seguridad. Esto podría procurarse por el correcto empleo del dinero y por la comprensión, de parte de los acaudalados, de su responsabilidad económica basada en los valores espirituales. Excepto algunos filántropos de visión amplia y un puñado de estadistas, eclesiás­ticos y educadores iluminados, el sentido de responsabilidad fi­nanciera no se encuentra en ninguna parte.

     

    Ha llegado el momento de revalorizar el dinero y canalizar su utilidad en nuevas direcciones. La voz del pueblo debe prevale­cer, pero debe ser un pueblo educado en los verdaderos valores, en el significado de la verdadera cultura y en la necesidad de que existan rectas relaciones humanas. Por lo tanto, es esencialmente una cuestión de sana educación y de correcta preparación para la ciudadanía mundial, algo no emprendido aún. ¿Quién puede dar este entrenamiento? Rusia prepararía gustosamente al mun­do en los ideales del comunismo y acapararía en las arcas del proletariado todo el dinero del mundo, produciendo el más grande sistema capitalista que jamás se haya visto; Gran Bretaña prepa­raría gustosamente al mundo en los conceptos británicos de jus­ticia, juego limpio y comercio internacional, algo que realizaría mejor que ninguna otra nación, debido a su vasta experiencia. Los Estados Unidos también emprenderían gustosamente la tarea de imprimir el sello de la democracia norteamericana en el mundo, utilizando sus vastos capitales y recursos y acaparando en sus bancos las utilidades de sus grandes actividades financieras, res­guardándose del peligro de la bomba atómica y amenazando con "puño de hierro" al resto del mundo. Francia mantendría a Euro­pa en un estado de intranquilidad, al tratar de reconquistar el prestigio perdido y beneficiarse en todo lo posible con la victoria lograda por las naciones aliadas. Así, hermano mío, se escribe la historia, cada nación lucha para sí misma y se valora mutua­mente en términos de recursos y finanzas. Mientras tanto la humanidad sufre hambre, no posee la cultura necesaria y se le enseñan falsos valores y el mal empleo del dinero. Hasta no sub­sanar esta situación, no será posible el retorno de Cristo.

    Ante esta perturbadora situación financiera, ¿cuál es la solución del problema? Hay hombres y mujeres en todos los países, en todo gobierno, iglesia, religión y fundación, dedicada a la edu­cación, que pueden dar la respuesta. ¿Qué esperanzas albergan para ello y para el trabajo que se les ha confiado? ¿En qué forma pueden ayudar los pueblos del mundo, los hombres de buena vo­luntad y de visión espiritual? ¿Qué pueden hacer para cambiar el concepto respecto al dinero, encauzándolo hacia canales donde sea empleado correctamente? La respuesta reside en estas per­sonas.

     

    Hay dos grupos que mucho pueden hacer sobre esto: uno, em­plea ya los recursos financieros del mundo, siempre que capte la nueva visión y advierta que el antiguo orden está bíblicamente sen­tenciado a ser destruido, y el otro, es el conjunto de personas buenas y generosas de todas las clases sociales y esferas de in­fluencia. Desconocen el poder del hombre común y del ciudadano, no obstante tienen ante sí una gran oportunidad si poseen el va­lor y la paciencia de realizar el trabajo necesario. Los hombres de. orientación espiritual y de buena voluntad deben rechazar la idea de su inutilidad, insignificancia y futileza, y comprender que ahora, en estos momentos cruciales y críticos, pueden trabajar eficientemente. Las Fuerzas del Mal están derrotadas, aunque toda­vía no "ha sido sellada" la puerta detrás de la cual la humanidad puede encerrarlas, según lo predijo El Nuevo Testamento. El mundo está nuevamente en la balanza. El mal busca cualquier ca­mino disponible para un nuevo acercamiento pero –y esto lo digo con confianza e insistencia– las personas humildes, iluminadas y altruistas, existen en número suficiente como para hacer sentir su poder, si lo desean. En todo país hay millones de hombres y mujeres espiritualmente orientados que, llegado el momento de encarar globalmente la cuestión del dinero, pueden recanalizarlo en forma permanente. En todos los países existen escritores y pensadores que podrían sumar su poderosa ayuda, y lo harán si se los solicita como corresponde. Hay estudiantes esotéricos y devotos religiosos a quienes se puede apelar para ayudar en la preparación de la reaparición de Cristo, especialmente si la coope­ración requerida consiste en emplear dinero y tiempo para el establecimiento de las rectas relaciones humanas y el incremento y difusión de la buena voluntad.

     

     

    No se pide una gran campaña para reunir fondos, sino el trabajo desinteresado de miles de personas aparentemente insig­nificantes. Diría, hermanos míos, que lo que más se necesita es valor, porque debe tenerse valentía para vencer la desconfianza, la timidez y el desagrado, al presentar un punto de vista relacio­nado con el dinero. Aquí es donde la mayoría fracasa. Resulta relativamente fácil hoy reunir fondos para la Cruz Roja, hospitales o instituciones educativas. Es sumamente difícil hacer lo mismo para la propagación de la buena voluntad y el empleo correcto del dinero para la difusión de ideas progresistas, tales como el retor­no de Cristo. Por lo tanto, repito, el primer requisito es valor.

     

    El segundo requisito permitirá a los colaboradores de Cristo hacer esos sacrificios y arreglos para dar, hasta el límite de su capacidad; no debe ser simplemente esa capacidad adquirida para presentar el tema, sino que cada colaborador debe practicar lo que predica. Si los millones de personas, por ejemplo, que aman al Cristo y tratan de servir su causa, dieran una pequeña cantidad de dinero por año, habría fondos suficientes para realizar Su trabajo, entonces aparecerían automáticamente las necesarias organizaciones y los administradores espiritualmente orientados. La dificultad no reside en la organización del trabajó y del dinero, sino en la aparente incapacidad de la gente para dar. Por una razón u otra dan poco o nada, aunque estén interesados en una causa como la del retorno de Cristo; el temor, el derroche, el deseo de hacer obsequios y el no darse cuenta que las grandes sumas están formadas por muchas sumas pequeñas, gravitan todos en contra de la generosidad económica, y siempre dan excusas que creen adecuadas. Por lo tanto el segundo requisito es que todo el mundo dé lo que pueda.

     

    Tercero, las escuelas metafísicas y los grupos esotéricos han prestado preferente atención a la cuestión de la orientación del dinero hacia los canales preferidos. Con frecuencia se oye la si­guiente pregunta: ¿Por qué la escuela de pensamiento "Unity", la iglesia "Christian Science" y los movimientos del "Nuevo Pensa­miento", pueden reunir los fondos necesarios, mientras que otros grupos, especialmente los esotéricos, no pueden hacerlo? ¿Por qué los verdaderos trabajadores espirituales son incapaces de ma­terializar lo que necesitan? La respuesta es sencilla. Estos grupos y trabajadores que están más cerca del ideal espiritual, se hallan divididos entre sí. Su interés principal reside en los niveles abstractos y espirituales, y evidentemente no captaron el hecho de que el plano físico tiene la misma importancia cuando está motivado des­de niveles espirituales. Las grandes escuelas metafísicas se empe­ñan en hacer demostraciones materialistas y ponen tanto énfasis y están tan centralizadas en su acercamiento, que obtienen lo que piden; tienen que aprender que la demanda y su respuesta debe ser el resultado del propósito espiritual, y que lo que se pide no debe emplearse para el yo separado ni para una organización o iglesia separatista. En la nueva era que se acerca, antes del retorno de Cristo, la petición de ayuda financiera debe hacerse con el fin de establecer rectas relaciones humanas y buena voluntad, no para el engrandecimiento de una organización particular. Las organizacio­nes que reúnen fondos deben trabajar en una Sede que tenga un mínimo de gastos, y el personal percibir un salario mínimo pero razonable. No hay muchas organizaciones como éstas actualmente; las que existen pueden dar un ejemplo que será rápidamente se­guido, a medida que aumenta el deseo para el retorno de Cristo. Por lo tanto, el tercer requisito es servir a la humanidad una.

     

    El cuarto requisito debe ser una minuciosa explicación de la causa para la cual se solicita ayuda económica. La gente podrá te­ner valor para hablar, pero también tiene mucha importancia una explicación inteligente. El punto principal que debe acentuarse en el trabajo preparatorio para el retorno de Cristo, es el estable­cimiento de rectas relaciones humanas. Esto ya lo iniciaron las personas de buena voluntad de todo el mundo con distintos nom­bres. Lo único que he hecho aquí es indicar otro motivo para pre­sentarlo.

     

    Llegamos ahora al quinto requisito: una fe vital y firme en la humanidad como un todo. No debe sentirse pesimismo respecto al futuro del género humano, tampoco preocupación por la desa­parición del antiguo orden. "Lo bueno, lo verdadero y lo bello" están en camino, y de ello es responsable la humanidad y no una divina intervención externa. La humanidad es sana y está desper­tando rápidamente. Atravesamos la etapa en que todo se proclama abiertamente desde los tejados –tal como Cristo predijo– y a medida que escuchamos o leemos respecto a la ola de escándalos, crímenes, placeres sensuales y lujos, tendemos a desalentarnos; es bueno que todo esto salga a la superficie y lo conozcamos. Sería análogo a una depuración sicológica del subconsciente, a la cual se somete al individuo y presagia la inauguración de un nuevo y mejor día.

     

     

    Hay un trabajo que debe realizarse y deben hacerlo las per­sonas de buena voluntad, las de instinto espiritual y las que poseen un verdadero entrenamiento cristiano. Deben inaugurar la era en que se empleará el dinero para la Jerarquía espiritual y lo harán en los niveles de la invocación. Invocación es el tipo más elevado de oración que existe y una nueva forma de demanda divina que se hizo posible por la meditación. Para este fin proporcionaré una breve fórmula de demanda espiritual, pidiéndoles que la uti­licen en lugar de la plegaria, la meditación o la invocación para el dinero, empleada hasta ahora. Es breve y poderosa, pero se re­quiere un grupo unificado o una personalidad verdaderamente integrada para emplearla...

     

     

    Nada tengo que agregar para la obtención de fondos, valor y comprensión. Si el valor que demuestra Cristo al enfrentar Su regreso a este mundo físico externo, si la necesidad de la huma­nidad de establecer rectas relaciones humanas

     

     

    y si la obra de sacrificio de los discípulos del Cristo, no son suficientes para enar­decer y energetizar a ustedes y a aquellos con quienes pueden hacer contacto, todo cuanto diga será inútil.

    (13/505-519)

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